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Celebradas en Santiago de Compostela, se dedicaron a " La crisis del Estado de Bienestar" |
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Asociación Galega de Estudios de Economía del Sector Público |
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Introducción a las Jornadas |
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Pocas cosas habrá hoy tan de cuestión como el llamado "Estado del Bienestar". Y vemos todos los días cómo, incluso en una época con ideologías tan poco diferenciadas, las posturas se polarizan. No deja de ser curioso, al recordar la historia del Estado Providencia, el comprobar cómo las críticas ultraliberales contemporáneas semejan un simple calco de los argumentos manejados por los que se irritaban , nada más tener conocimiento de algunas disposiciones arbitradas por los gobiernos, para mitigar las penalidades del abrupto ritmo de la revolución industrial. Los parados se calificaban como perezosos, rasgo quizá innato que habría de ser removido con la necesidad. Los pobres eran poco previsores, nada emprendedores y la pobreza venía a ser como un castigo para la pereza y la |
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incompetencia. Interferir el veredicto del mercado dándole ingresos a los individuos cuando enferman, son viejos o están desempleados, sería algo así como hacer sabotaje al único mecanismo disponible para recompensar el mérito. En definitiva, se castigaría a los realmente productivos y emprendedores a fin de sostener a los zánganos, con el resultado bien sabido de reducción de la productividad. Quizá parezcan estas unas ideas muy descarnadas, pero así se expresaban entonces, y hoy se perciben esos ecos en muchos comentarios, no solamente de café. Seguramente no habría que recurrir a Malthus ni a las doctrinas del darwinismo social, para concluir que en esas posturas extremas, el futuro de los menos favorecidos sería estrictamente encomendado a la caridad privada. De cualquier modo, hasta bien entrado el siglo veinte, predominó una filosofía dura, combinación del utilitarismo de Bentham y la economía manchesteriana. La evolución posterior alumbró una ideología bien diferente y el Estado Providencia puede considerarse como el resultado institucional de la adopción, por parte de la sociedad, de la responsabilidad legal del bienestar básico de todos sus miembros. La ampliación de los servicios públicos, los sistemas tributarios progresivos, la legislación laboral, la de consumo, la normativa sobre salarios mínimos, la ayuda y a los incapacitados, y a los desempleados, etc., cuajaron como manifestación de unos determinados juicios de valor sociales y fueron ayudados por la triunfante teoría keynesiana, verdadera biblia para después de la gran depresión. Pero algo está pasando con este cuadro institucional, que provoca miedo respecto a su estabilidad, incluso a su viabilidad. Probablemente el ejemplo más paradigmático sea el caso bien conocido de Suecia. La pregunta global más repetida es: ¿están las economías actuales en condiciones de sostener los niveles de gasto público alcanzados en los diferentes Estados occidentales? ¿Es posible mantener la composición interna del gasto público total? En un servicio más concreto, si hablamos de "sanidad", el objetivo de garantizar un nivel suficiente de servicios sanitarios a toda la población, ¿justifica necesariamente una provisión pública general, en detrimento de seguros privados para aquellos que superen un cierto nivel de renta? ¿Es justo que los que tienen peor salud hayan de pagar primas mayores?¿Debemos, además, abandonar sistemáticamente a los imprevisores?¿Podemos seguir manteniendo modelos de Seguridad Social con métodos de financiación que provocan efectos potencialmente perversos sobre el ahorro y el empleo?¿Es eficiente la producción pública a la hora de asignar servicios sanitarios?¿Es la producción privada una alternativa perfecta o simplemente complementaria? En el campo de la "educación", hoy en día casi nadie se excluiría del consenso en torno a la idea de que el sector público debe favorecer la formación educativa de los ciudadanos, aunque el nivel de cobertura - en la primaria, la secundaria o la universitaria- tenga sus grados. Pero, ¿está claro si la producción pública es superior o inferior a la privada?¿En qué términos?¿Es equitativo, por ejemplo, que la educación universitaria esté fuertemente subvencionada con generalidad? Prácticamente, en todos los países el Estado ayuda a los individuos para la compra, alquiler o rehabilitación de viviendas, bajo ciertas condiciones, al considerarlos bienes preferentes. ¿Se complica ese objetivo con ciertas características específicas de la demanda de viviendas o de su mercado?¿Es adecuada la constelación de préstamos subvencionados, control de alquileres, incentivos fiscales, etc? ¿Se presta verdadera atención a una variable estratégica, como el control del suelo edificable? También podríamos plantear una serie de puntos controvertidos en el dominio de las llamadas prestaciones económicas o de las transferencias monetarias: los programas de pensiones -que son los más importantes-, los de prestaciones por desempleo, los de incapacidad laboral temporal, de sustitución de rentas y los programas de reducción de la pobreza (pensiones no contributivas, ciertas ayudas familiares, etc.). Mencionados algunos de los elementos del debate actual, es pertinente hacerse ciertas preguntas: ¿Tienen o no influencia significativa los planes públicos de pensiones sobre la generación de ahorro?¿Lo desincentivan o no ?¿Es posible compensar esa hipotética reducción con los llamados "efecto jubilación", o "efecto herencia", que llevan a los individuos a ser más previsores a lo largo de su ciclo vital?¿La oferta de trabajo es afectada negativamente por el seguro de desempleo? Por último, los programas a favor de los más desafortunados ¿generan o no trampas de pobreza, generalizando los desincentivos al trabajo y anclando en la marginalidad a ciertos segmentos sociales? Como puede verse, y sin exhaustividad, el inventario esbozado presenta el núcleo de la problemática que define la difícil situación del Estado Providencia actual. Pero hay más cosas y de mayor radicalidad o calado intelectual:¿es compatible un grado elevado de redistribución con el crecimiento económico?¿esa compatibilidad puede ser simultánea o hay que fabricar primero la tarta y lego repartirla? A pesar de que muchos de los interrogantes anteriores son susceptibles de un análisis económico riguroso, estamos en presencia de un terreno abonado para los fundamentalismos. Y así, mientras los unos practican aproximaciones con un enfoque irreal del equilibrio general, mezcladas con actitudes reverenciales y acríticas hacia el mercado, los otros no encuentran límite a la acción protectora y distributiva del Estado del Bienestar. En las páginas que siguen, sin embargo, se hacen un conjunto de reflexiones y análisis equilibrados, cuya lectura enriquecerá, sin duda, el necesario debate académico y político en torno a unos problemas vinculados estrechamente a una cierta idea de las relaciones sociales, que ha venido acompañando lo que muchos consideramos el progreso relativamente estable de los países occidentales. Luis Caramés Viéitez |
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